Mi primer día de clases en Sydney entré a un edificio oscuro, descuidado, sin nada que se pareciera a la ciudad que había imaginado. Me senté y pensé: esto se siente como el call center donde trabajé a los 18 años. Esa tarde empecé a sacar cuentas para irme de Australia. No fue el inglés. Fue otra cosa, y me tardé meses en nombrarla — la misma cosa que ya había cerrado dos negocios antes de que yo supiera nombrarla como autosabotaje.
El plan que sí funcionaba (al principio)
Llegamos a Melbourne el 1 de diciembre de 2025, justo a tiempo para celebrar el cumpleaños de mi esposo Gio en la ciudad donde íbamos a “empezar de cero.” En una semana ya teníamos resuelto lo que en México hubiera tomado meses: cuarto en CBD, gym, escuela de inglés y trabajo. Cuando todo se acomoda tan rápido, uno cree que el plan es bueno. Yo lo creí.
El trabajo fue limpiando tiendas de lujo — Cartier, Tiffany, Montblanc. No era el plan que había imaginado cuando soñaba con coordinar eventos o trabajar con flores allá, pero la paga era buena y el trabajo, honestamente, era sencillo. Ahí empezó mi primer conflicto interno, uno que no le conté a nadie: el ego de hacer algo que no me llenaba, aunque funcionara. Nos daban pocas horas, y entre el transporte y la escuela de 4:30 a 9pm, el día se nos iba completo.
Lo que nos mantuvo cuerdos fue el equipo que hacíamos Gio y yo. Entrenábamos juntos, cuidábamos la comida, cenábamos en mi receso de la escuela, y nos robábamos un día entre semana para no trabajar, no ir a clase, y simplemente respirar la ciudad. Encontramos un segundo trabajo limpiando Airbnbs, fuimos escalando posiciones, y entre los dos juntamos cerca de $10,000 AUD — ahí empezó a sonar bien la idea de construir algo digital juntos. Progresé del nivel Intermediate a Upper Intermediate. Por fuera, todo avanzaba.

El día que entendí que no era el inglés
Por dentro se acumulaba algo que todavía no tenía nombre. No era un mal día puntual — era el peso de horas de transporte, clases hasta las nueve de la noche, y un solo día libre que ya no alcanzaba para sostener nada más.
Cuando llegaron las vacaciones de un mes, propuse movernos a Sydney. Gio aceptó, y vivimos algo muy lindo: un Airbnb en CBD sin roomies, intimidad recuperada, tiempo solo para nosotros. Quisimos usar ese mes para construir nuestro proyecto digital — lo que hoy es Giolesi Digital — pero no avanzó nada. Llegábamos sin energía después de meses de trabajar y estudiar al mismo tiempo, y crear contenido requiere la energía que ya no nos quedaba.
Y entonces llegó ese primer día de clases, como transferencia de Melbourne a Sydney, en un edificio que se sentía como el call center de mi adolescencia. Si ya no disfrutaba aprender inglés, al menos esperaba disfrutar la experiencia de estudiar en una ciudad nueva. No la hubo. Ahí, sentado en ese salón, hice una cuenta muy concreta: si la renta que pagábamos en Melbourne era $500 AUD por semana, podía cancelar mi visa, dejar activa la de Gio, y vivir en cualquier lugar del mundo por ese mismo costo o menos.
Le pregunté a ChatGPT qué ciudades nos convenían. Salieron Bali, Tailandia, Kuala Lumpur, Hong Kong. Por costo, seguridad e idioma, casi elegimos Kuala Lumpur.
Lo que hice (y lo que no resolví)
Cancelé mi visa. Kuala Lumpur nunca se concretó. Terminé en Charleston, Estados Unidos, sin el plan que había armado en una sola tarde de frustración acumulada.
Gio aceptó la decisión, como casi siempre acepta las mías. Pero esta vez me dijo algo que no había visto con esa claridad: en dos años juntos nos habíamos movido como diez veces — Toluca, Jocotitlán, Ciudad de México, Querétaro, Canberra, Sydney, Melbourne — además de los viajes a Charleston, Nueva York, San Miguel de Allende. “Cada decisión que hemos tomado ha sido para mejorar, no hemos retrocedido,” me dijo. Y tenía razón en algo que yo no quería ver: nunca habíamos huido de un lugar.
Yo estaba huyendo, otra vez, de sostener la incomodidad — el mismo patrón que documenté cuando hablé de reinventarme a los 33, el mismo que ya me había costado un negocio de flores y una agencia de bodas antes de que existiera Australia en el mapa.
Yo necesité meses más para verlo así. En su momento, lo único que sentí fue alivio. El alivio que sientes cuando dejas algo, no el alivio de haber resuelto algo.

La honestidad final: hoy sigo en proceso
No tengo nada resuelto. Escribo esto desde Charleston, en reconciliación con Gio pero a distancia — solo nos decimos buenos días y buenas noches mientras cada uno trabaja su propio estilo de apego: el suyo ansioso, el mío evitativo. Es una dinámica que ya conté completa en el artículo sobre apego evitativo en pareja, y que sigue siendo el fondo de todo esto: yo me alejo cuando algo incomoda, Gio se acerca cuando algo incomoda, y Australia fue solo el escenario más grande donde ese choque se hizo visible.
Estoy esperando la visa para volver, esta vez como dependiente de la de Gio. El plan es vivir con su familia en Canberra — una ciudad más tranquila que Melbourne o Sydney — mientras reconstruyo Alesi Flowers, ahora en inglés, para el mercado australiano. Agosto 2026.
No va a ser mágico. Lo sé porque ya estuve ahí, y ya sé cómo se siente cuando la emoción de empezar se convierte en cansancio acumulado. Pero esta vez lo elijo desde la consciencia, no desde la fantasía de la mudanza perfecta. Y algo que sí cambió: el único que se ha juzgado durante todo este proceso he sido yo mismo. La gente, la familia, lo que iban a pensar — eso me importa cada vez menos.
Una pregunta para esta semana
¿Alguna vez tomaste una decisión enorme — irte de un lugar, dejar algo — y meses después te diste cuenta de que la razón real no era la que te dijiste a ti mismo?
Cuéntamela.





